jueves, 30 de agosto de 2012
Amanecer sobre Puente Alsina
Avanzamos. Se ve la estación de tren, las vías bañadas por ese brillo anaranjado. Un perro callejero deambula por el cuadro. Algunos obreros con mochilas y vestidos de azul caminan, se acercan a la estación. Parecen ajenos al cuadro del que forman parte, abstraídos en su mundo de días largos y noches cortas. Pero el Sol no es mezquino, y los ilumina a ellos también. Como soldados brillantes del amanecer.
Poco a poco, mi parte favorita: el riachuelo. Ese punto exacto en la mitad desde el que se ven las dos orillas. Ah, el cielo en su magnitud, el sol ya no tan tímido, llenando el paisaje, reflejado en la superficie del agua. Agua naranja, agua dorada. Algunos pájaros sobrevuelan, pequeñas siluetas negras. De fondo las marcas de la industrialización, chimeneas que nunca dejan de soplar humo. En las orillas, las casas de ladrillo naranja, los nenes de guardapolvo blanco que empiezan a salir de sus casas. Montones de basura. Bolsas de plástico que ahora parecen hechas de oro.
La mañana perfecta y tranquila. Ese único momento en el que todo se une, todo está quieto y el Astro Mayor nos demuestra que la belleza depende de los ojos con los que se la mire.
jueves, 28 de junio de 2012
La historia de mañana.
Cuando tenga un trabajo, cuando tenga un novio, cuando termine mi carrera, cuando conozca un país extranjero, cuando me case, cuando me mude de la casa de mis padres, cuando sea grande y reconocida, cuando tenga mi familia.
Y me pregunto, por sobre todas las cosas, de dónde fue que salieron esas ideas. Porque en algún punto creí que es algo que Dios me enseña, que es parte de la vida cristiana... El problema es que no pude encontrar ninguna cosa en la Biblia que me confirme esa teoría.
Jesús les dijo a sus discípulos: "No se preocupen por su vida, qué comerán; ni por su cuerpo, con qué se vestirán. La vida tiene más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa" (Lucas 12:22-23).
Es más, les agrega: "Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas." (Mateo 6:34).
Yo pienso, entonces, qué es lo que hago viviendo siempre con un pie en el futuro, nunca parada completamente en el presente.
Vivir en el futuro te inmoviliza: por tener los ojos puestos tan lejos, no podés ver lo que te rodea. No ves al que necesita una mano, no ves al que te está pidiendo ayuda, y, lo peor, tampoco ves la belleza que tenés alrededor.
Alguien nos hizo creer que lo bueno está por venir. Y es una idea muy buena cuando uno está en una situación difícil, es cierto. Pero la verdad es que si siempre estamos esperando algo, ni siquiera nos vamos a enterar cuando ese algo llegue, porque ya vamos a estar esperando otra cosa.
Todo se resume en una palabra: contentamiento. Hoy. Hoy podés ser el cambio. Hoy puedo ser felíz. Hoy.
En otra parte, Dios nos dice: "No se engañen, de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra." (Gálatas 6:7), y yo me pregunto qué voy a cosechar si en vez de dedicarme a sembrar, me siento a esperar la cosecha.
El mañana va a llegar, no te preocupes. Pero somos responsables de nuestro hoy. Cada mañana amanecemos al día que Dios nos da, y somos responsables de hacer algo con él. ¿Cuántos días pasaron por nuestra vida sin pena ni gloria, esperando algo por venir? ¿Cuántas tardes pasaste lamentándote por eso que todavía no tenías, y te perdiste de ver lo que estaba cerca tuyo?
Tengo la teoría de que Dios, que nos hizo y nos conoce bastante, tiene bien presente nuestra tendencia a vivir en el futuro, porque llenó su Palabra de promesas sobre el tema: "Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes -afirma el Señor-, planes de de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza." (Jeremías 29:11)
Nadie nos pide que nos ocupemos del mañana: de eso se encarga el que creó y diseñó todo, y lo conozco lo suficiente como para creerle cuando me dice que no tengo que preocuparme por eso. Mi responsabilidad es hoy. Este momento. Este preciso momento en el que yo escribo y vos leés.
domingo, 13 de mayo de 2012
poema para un Salvador.
A cada minuto y a cada segundo,
que reines.
Que la dulzura de tu amor
me empalague por completo.
Que lo tengas todo, cada centímetro
de mi ser y de mi voluntad.
No me dejes quedarme incompleta,
no me dejes perdida en el camino,
no me dejes sola conmigo misma.
Que tu abrazo sea el más fuerte,
tu mano la más segura.
Que seas mi amanecer y mi tarde,
mi seriedad y mi risa.
Llenalo todo.
Acomodá este corazón fraccionado,
enseñale a amar como vos amás.
Enseñale a ser más a tu manera,
enseñale a ver, iluminado por tu luz.
A cada minuto y a cada segundo,
que reines.
jueves, 12 de abril de 2012
yo aprendo, tu aprendes, nosotros aprendemos
aprender a compartir, a sentir.
aprender a expresarme,
aprender a querer.
aprender a arriesgar,
a equilibrar, a sanar.
Tanto por aprender...
martes, 6 de marzo de 2012
Moscas, andamios... y chicos.
Pero hoy tuve que cruzar hacia esa vereda allá por Suipacha, porque Viamonte del lado que voy siempre era un hormiguero y yo -para variar- iba apurada. Llegué a Viamonte y Esmeralda, esta vez del lado de los andamios.
Fue imposible no verlos. Pies desparramados por la vereda, un buzo sucio envolviéndolos para abrigarse. Seguro estaban ahí desde la madrugada.
La gente viviendo en la calle siempre me moviliza. Me desespera que podamos pasar al lado de una persona que no tiene techo ni comida y seguir caminando como si nada, con nuestro celular, nuestra ropa de marca y nuestras preocupaciones a veces tan injustificadas. Y me incluyo en la lista... tantas veces pasé al lado de alguien así y no hice nada, ni orar por él.
Pero esta vez tenía que hacer algo... aunque mi algo sea chiquito: sea contarlo.
El paisaje era desolador: varios chicos de no más de doce años durmiendo amontonados, sucios, entre cartones y basura abajo de los andamios de la construcción. Las moscas volaban sobre ellos. Moscas. Olor, suciedad, y por sobre todo, incoherencia. Dormir cubiertos por moscas y rodeados de oficinistas apurados, como yo, como todos... que nos quejamos de nuestro colectivo, del calor -hasta que entramos a la oficina con aire acondicionado-, del tráfico.
Me pregunto cómo se verá el mundo desde los ojos de uno de esos nenes... me pregunto cómo será dormir sin techo, comer sobras, ser invisible. Ser invisible porque ya los tomamos como parte del paisaje urbano. Ví a un turista que les sacaba una foto, como si fueran un detalle más de la ciudad, como las casas de colores de La Boca.
¿Qué vamos a hacer con la realidad que nos golpea en la cara todos los días? Sólo porque nacimos en un lugar mejor, o tuvimos más recursos no quiere decir que no podríamos haber sido uno de ellos. Son personas como vos o como yo; son chicos que deberían estar jugando, estudiando, comiendo bien, soñando con lo que quieren ser de grandes. Vos, yo, podríamos haber sido como ellos...y me pregunto: ¿nos hubiera gustado ser invisibles?
jueves, 17 de noviembre de 2011
solo sé escribir.

Algunos dicen que también saco fotos. Yo creo que, en realidad, escribo con imágenes.
Si estoy triste escribo si estoy feliz escribo si no sé cómo me llamo escribo si no entiendo dónde estoy parada escribo si no logro entenderme escribo si tengo miedo escribo si estoy enojada escribo si estoy asombrada escribo.
Las ideas se juntan en las letras. Se ordenan. Se amigan.
A veces creo que no sé hablar. Menos mal que puedo escribir.
Escribo en mi mente. Escribo en papel. Escribo en la nada. Escribo en los márgenes y en los centros. Escribo en recortes de hojas que supieron ser un todo, como yo.
Escribo y me pregunto cómo seré yo, escrita.
Escribo sabiendo que no existe cosa tal como el talento. Solo son letras, palabras. Solo son formas pausas silencios huecos. Son solo cosas que no sé decír, cosas que se atragantan en el alma y salen a través de los dedos, recolectan letras, arman palabras, convencen a algunos puntos y comas, atrapan mayúsculas (no siempre, porque son esquivas) y terminan formando mi alma en unas líneas que se entreconectan, como un espejo que se ubica delante de mí, impasible.
Escribo sin parar, a veces. Escribo escribo escribo escribo escribo escribo escribo.
Sin perder los estribos.
Porque, al final, ya lo he dicho: yo solo sé escribir.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
un pequeño aguafuerte.
Dicen que Buenos Aires es ciudad de escritores. Uno duda, sentado en el primer piso de un McDonald’s céntrico. Hasta se siente bicho raro por escribir en un cuaderno sin tener fotocopias o libros alrededor que lo legitimen como estudiante y lo excusen de la extrañeza de su actividad. Pero los que saben, saben, y no queda más que creerles.
Mientras escucho mucho ruido y poco sonido; voces, charlas oficinescas, risas contenidas para no llamar la atención en este gran comedor comunitario, pienso en Arlt. Me pregunto por qué murió tan joven, y qué diría del mundo actual. Un dejo de nostalgia amenaza con invadirme, como el humo que envuelve la atmósfera. Pienso en cómo me hubiera gustado conocer ese Buenos Aires de los años cincuenta, tan poético, tan marrón de bares y cafés, tan marcado por su historia y sus inmigrantes. Y es que nuestra historia tiene gusto a café, a cigarros. Ruido de calles que tienen vida propia, aglomerado de personajes únicos, sutiles, escondidos detrás de la rutina capitalina.
Como ese vendedor de chucherías del barrio de Once. Balvanera, deberíamos decir, pero nos gusta decirle once. Eleven, para los más progresistas. Uno se pregunta qué es en realidad el progreso, y si será que tiene tanto que ver con llamar a las cosas más porteñas que Gardel con un nombre extranjero. Aunque Gardel era uruguayo…así que puede ser que tengamos un problema de base.
Pero este buen hombre, vendedor callejero, sentado en una vereda de la avenida Pueyrredón se me ha hecho uno de los personajes más interesantes de mis deambulajes en colectivo. Quieto, inmóvil, mientras la gente pasa. Cientos y miles pasando delante suyo. Siempre me pregunto en qué pensará. Algo en su cara me dice que tal vez recuerda un pasado mejor, una familia, un trabajo menos estigmatizado. Pero ahora está ahí, sentado en su silla plegable, mirando el mundo pasar, y sin recibir una sola mirada de regreso.
Emblema de nuestra ciudad.
Como esos oficinistas que siempre van de a dos, trajeados a más no poder, siempre apurados, siempre ocupados. Se los puede ver en especial durante el horario de almuerzo: mocasines modernos, pantalones elegante-sport, camisa a rayas. Cualquiera que se vea obligado a caminar detrás o a esperar que un semáforo dé luz roja cerca de ellos puede escuchar sus charlas típicas: que fulano tiene que revisar el contrato, que llamé a la oficina de mengano y no estaba, que mengano nunca está y así no llegamos a fin de año. Que me voy de vacaciones a Brasil con mi novia, que el fin de semana fuimos a jugar a la pelota con los pibes de la oficina y sultano es de madera.
O como los turistas. Siempre en grupo, recorriendo la calle Florida por lo general con menos abrigo que lo que indica la estación. Mapas en mano, presas fáciles de los despiadados vendedores de ropa de cuero, “city tours” y “tango shows”. Imposible camuflar su extranjerismo. Y uno se siente un poco poderoso cuando los cruza desorientados, buscando una dirección, tratando de llegar a la calle Corrientes que en realidad está a una cuadra. Uno camina con más seguridad de la que verdaderamente tiene, para diferenciarse de esa masa de extraños, para demostrar pertenencia: yo soy de acá, conozco estas calles, las baldosas conocen las suelas de mis zapatillas, y no quiero comprar una campera de cuero.
Y es entonces que la nostalgia se apodera de mí: me siento tan afuera, y a la vez tan adentro. No logro identificarme con lo que me rodea, pero no conozco otro lugar en el mundo donde me sienta tan parte, como una pincelada en el retrato de la ciudad. Un poco como Arlt, ¿no? Mirando la ciudad con nuevos ojos para encontrar lo distintivo, rehusándose a dar por sentado lo que pasa a su alrededor, buscando los detalles, las marcas de identidad, como las líneas que conforman una huella dactilar. Encontrando nuestra identidad en la variación, en el cocoliche que nos conforma.
Porteños. Con los ojos más allá del puerto. Buenos aires, porque nuestras avenidas son anchas, porque siempre creemos que el pasado fue mejor, porque llevamos siglos tratando de averiguar lo que queremos, y porque todavía no logramos aceptar que todo eso: McDonald’s, café, Arlt, cigarros, historia, bares, turistas, vendedores del Once, oficinistas… todo eso somos nosotros, y por eso no podemos evitar inflar el pecho cada vez que se habla de Buenos Aires. Porque bien adentro, sabemos que esa ciudad que a veces nos parece tan extraña, que damos por calificar de “fea” es en realidad tan parte de nosotros y de nuestra historia como ese cofre viejo que heredamos de la abuela. Y que nosotros también somos parte de su historia.
No sé si será ciudad de escritores… pero al menos a mí, cada vez que la recorro me regala un retrato que vale la pena pintar, a veces un poco austeramente, con mis cortas palabras.