Escuché muchas veces que la Biblia es un libro arcaico, desactualizado; que no sirve para los problemas del siglo 21. Podría contarte varias experiencias personales en las que pude comprobar que es el libro más actualizado y moderno se pueda encontrar, pero para esta vez, tengo una protagonista que lo puede expresar mucho mejor que yo.
El libro de Proverbios, que el rey Salomón escribió muchos años atrás, cierra con un retrato muy particular: nada más ni nada menos que la descripción de una mujer empresaria. Sí. Contrariamente a la visión popular, de una Biblia machista y un Dios para quien la mujer solo se ocupa de cocinar y criar a sus hijos, la protagonista de este retrato es una mujer que sabe balancear cada área de su vida: la familia, su matrimonio, los negocios, la vida social. Es una mujer reconocida en todo el ambiente donde se mueve. Si la ves pasar, seguro va caminando rápido, celular en la mano, vestida con la última colección de Zara (v.22). Pero ojo, no te confundas: no tiene ningún problema en embarrarse para ir a ayudar a esa familia que vive en la villa, o de pararse a conversar con la mujer que está pidiendo monedas en la esquina (v.20). Los que la conocen saben que antes que los negocios viene su Dios y su familia, y que sus valores morales no son negociables.
Su día debería tener 25 horas para hacer todo lo que se propone; pero igual ella sabe organizarse. Se levanta temprano, deja la casa en orden y sale corriendo para el trabajo (v. 15). Es una mujer emprendedora, de esas que siempre están buscando nuevas oportunidades y que saben cuándo es momento de invertir (v. 16). No le molesta cubrir baches o hacer un trabajo de un rango menor; ella sabe quién es y sabe lo que quiere (v. 17).
No se olvida de las fechas importantes, se acuerda de pagar las cuentas, o de cuándo es hora de llevar a los chicos a comprarles ropa nueva porque lo del año anterior ya no les entra (v. 21).
Pero no te equivoques: sabe que no es omnipotente. Su marido es su ayuda y su compañero, y verlo progresar a él es parte del progreso de ella (v. 23). Son un equipo, porque de otra forma ninguno de los dos podría avanzar.
Y todavía hay más: la mujer de este relato es también la consejera de los que la rodean. Todos saben que pueden ir a pedirle ayuda, o sencillamente, una oreja. Sabe dirigir a sus empleados sin ser tirana (v. 26) y cuando llega la noche y la hora de descansar, puede cerrar los ojos tranquila, sin remordimentos y confiada en que, aún en los momentos de crisis, ella está sembrando bien.
Porque, como a todos, va a llegarle la hora de cosechar. La hora de ver los resultados de todo ese trabajo. La hora de ver a su familia avanzar, a sus hijos crecer. Y cuando llega la hora de la verdad, tenemos un resultado que revela quién es ella para los que la ven bien de cerca: Sus hijos se levantan y la felicitan; también su esposo la alaba: «Muchas mujeres han realizado proezas, pero tú las superas a todas.» Engañoso es el encanto y pasajera la belleza; la mujer que teme al Señor es digna de alabanza. ¡Sean reconocidos sus logros, y públicamente alabadas sus obras! (Proverbios 31:28-31).
Dedicado a todas esas mujeres increíbles que puedo y pude conocer.
Para leer el texto completo: http://www.biblegateway.com/passage/?search=proverbios%2031:10-31&version=NVI
martes, 4 de junio de 2013
lunes, 4 de febrero de 2013
Cuento, parte #1
Daba el sol de febrero. Daba fuerte, la pucha, como queriendo quemar lo inquemable. El reflejo iba pegando en las antenas de TV de las casitas del barrio. Una locura de día. Tres nenes pasaron corriendo, ajenos al calor calcinante. Ajenos también al hambre: se habían acostumbrado a convivir con ese fantasma. Esa molestia en el estómago era un viejo compañero, uno más en los juegos de tardes y noches, una sensación que ya no sabían diferenciar del reflejo de respirar.
El viejo se sentó en su asiento improvisado con un cajón de manzanas. Miró hacia el horizonte con esa mirada que solo los viejos tristes pueden tener, y se quedó así un buen rato, como reviviendo en su mente algún tiempo mejor que probablemente nunca existió. Las manos ajadas y cansadas apoyadas sobre las rodillas lo hacían parecer algún prócer rural que la historia había olvidado de retratar. Sabía que le quedaba poco. Todos los vecinos comentaban lo bien que estaba para su edad, y lo fuerte que todavía se veía a sus ochenta y tantos. Pero él sabía, si, él sabía y podía sentirlo: la parca le andaba cerca.
No es que le preocupara demasiado. La vieja se había ido hacía unos años y desde ese momento su tiempo era como uno de esos chicles recalentados por el sol que se estiran cuando uno los pisa: ya no servía para mucho; había perdido su sabor y su color, pero seguía estando ahí, incapaz de irse también. La vieja. Había sido una buena compañera. Solo muchos años más tarde se enteró de casualidad de cómo ella le dejaba la carne del guiso siempre a él, que llegaba a almorzar más tarde después de trabajar en la fábrica. Años en los que la comida de ella había sido arroz y fideos y un poco de verdura cuando se podía. Pero nunca se quejó. No se quejó ni siquiera cuando tuvo que salir a trabajar, porque con lo poco que él podía traer a la casa no alcanzaba para que comieran los hijos y los hijos de los hijos. Consiguió un carro de supermecado de quién sabe donde y aprendió el marginado oficio de cartonera.
La vieja murió una tarde de invierno, cansada de la vida, murió mirándolo con esos ojos ávidos como los que siempre había tenido, hasta que fue tiempo de cerrarlos, esta vez para siempre. Ese día, ese maldito día, el viejo había sentido que una parte de su vida se apagaba para siempre.
El coche fúnebre fue un carro tirado por algunos caballos resignados a la vida que les había tocado. La enterraron en el cementerio municipal, al lado de su hermana, y en una fosa con un lugar más, que algún día vendría a ser para él. El viejo se descubría seguido pensando en cómo sería estar ahí abajo; cómo se sentiría volver a estar cerca de ella, aunque sea para pelearse por el espacio. Extrañaba que lo reten, extrañaba el sonido de las ollas viejas y escucharla tararear alguna canción de su juventud por lo bajo.
Cuando el sol empezaba a bajar el barrio dejaba de ser un lugar tranquilo. Las madres cuidadosas metían a los nenes adentro de los ranchitos y empezaba a reinar la ley de la noche. El viejo se levantó con movimientos lentos, más por melancolía que por dificultad, y llevó despacio su cajón para adentro. El hijo mayor le había conectado la luz la última vez que la vieja estuvo enferma . A la luz del tubo fluorescente miró alrededor: algunos cachibaches, una mesa vieja y despintada, dos sillas y tres banquitos sin respaldo, un anafe que conoció épocas mejores, una palagana para lavar los platos. En un rincón, varios platos diferentes apilados. Cuando la familia era grande, todos se usaban en cada comida, pero ahora quedaba él solo, y la soledad se hacía más pesada cuando notaba las marcas de los que habían estado. El ranchito tenía una habitación más, que solía ser el dormitorio para todos y ahora era ese rincón donde pasaba sus noches largas. Le costaba dormirse y se despertaba al amanecer, preso de sus pensamientos. Inevitable recordar. La vejez se sentía más en su mente que en sus huesos, como un montón de recuerdos que se habían acumulado y ahora peleaban por salir, peleaban por ganar terreno en su memoria.
En otro de los rincones, le llamó la atención una cajita que nunca había visto. Es verdad que no era un gran observador, pero esa aparición lo sorprendió. Era una caja de zapatos, forrada con un papel viejo con rosas que pertenecían a otra época. Tenía olor a guardado. Atrapado por la curiosidad, levantó la tapa con cuidado y espió adentro: el olor a papel con guardado fue casi más fuerte que el aroma a falta de esposa de su ropa. Cuando logró acostumbrarse al olor, pudo ver adentro y encontró lo que hacía años creía perdido: fotos y recortes de hacía más de cincuenta años atrás, cuando los dos se habían conocido.
El viejo se sentó en su asiento improvisado con un cajón de manzanas. Miró hacia el horizonte con esa mirada que solo los viejos tristes pueden tener, y se quedó así un buen rato, como reviviendo en su mente algún tiempo mejor que probablemente nunca existió. Las manos ajadas y cansadas apoyadas sobre las rodillas lo hacían parecer algún prócer rural que la historia había olvidado de retratar. Sabía que le quedaba poco. Todos los vecinos comentaban lo bien que estaba para su edad, y lo fuerte que todavía se veía a sus ochenta y tantos. Pero él sabía, si, él sabía y podía sentirlo: la parca le andaba cerca.
No es que le preocupara demasiado. La vieja se había ido hacía unos años y desde ese momento su tiempo era como uno de esos chicles recalentados por el sol que se estiran cuando uno los pisa: ya no servía para mucho; había perdido su sabor y su color, pero seguía estando ahí, incapaz de irse también. La vieja. Había sido una buena compañera. Solo muchos años más tarde se enteró de casualidad de cómo ella le dejaba la carne del guiso siempre a él, que llegaba a almorzar más tarde después de trabajar en la fábrica. Años en los que la comida de ella había sido arroz y fideos y un poco de verdura cuando se podía. Pero nunca se quejó. No se quejó ni siquiera cuando tuvo que salir a trabajar, porque con lo poco que él podía traer a la casa no alcanzaba para que comieran los hijos y los hijos de los hijos. Consiguió un carro de supermecado de quién sabe donde y aprendió el marginado oficio de cartonera.
La vieja murió una tarde de invierno, cansada de la vida, murió mirándolo con esos ojos ávidos como los que siempre había tenido, hasta que fue tiempo de cerrarlos, esta vez para siempre. Ese día, ese maldito día, el viejo había sentido que una parte de su vida se apagaba para siempre.
El coche fúnebre fue un carro tirado por algunos caballos resignados a la vida que les había tocado. La enterraron en el cementerio municipal, al lado de su hermana, y en una fosa con un lugar más, que algún día vendría a ser para él. El viejo se descubría seguido pensando en cómo sería estar ahí abajo; cómo se sentiría volver a estar cerca de ella, aunque sea para pelearse por el espacio. Extrañaba que lo reten, extrañaba el sonido de las ollas viejas y escucharla tararear alguna canción de su juventud por lo bajo.
Cuando el sol empezaba a bajar el barrio dejaba de ser un lugar tranquilo. Las madres cuidadosas metían a los nenes adentro de los ranchitos y empezaba a reinar la ley de la noche. El viejo se levantó con movimientos lentos, más por melancolía que por dificultad, y llevó despacio su cajón para adentro. El hijo mayor le había conectado la luz la última vez que la vieja estuvo enferma . A la luz del tubo fluorescente miró alrededor: algunos cachibaches, una mesa vieja y despintada, dos sillas y tres banquitos sin respaldo, un anafe que conoció épocas mejores, una palagana para lavar los platos. En un rincón, varios platos diferentes apilados. Cuando la familia era grande, todos se usaban en cada comida, pero ahora quedaba él solo, y la soledad se hacía más pesada cuando notaba las marcas de los que habían estado. El ranchito tenía una habitación más, que solía ser el dormitorio para todos y ahora era ese rincón donde pasaba sus noches largas. Le costaba dormirse y se despertaba al amanecer, preso de sus pensamientos. Inevitable recordar. La vejez se sentía más en su mente que en sus huesos, como un montón de recuerdos que se habían acumulado y ahora peleaban por salir, peleaban por ganar terreno en su memoria.
En otro de los rincones, le llamó la atención una cajita que nunca había visto. Es verdad que no era un gran observador, pero esa aparición lo sorprendió. Era una caja de zapatos, forrada con un papel viejo con rosas que pertenecían a otra época. Tenía olor a guardado. Atrapado por la curiosidad, levantó la tapa con cuidado y espió adentro: el olor a papel con guardado fue casi más fuerte que el aroma a falta de esposa de su ropa. Cuando logró acostumbrarse al olor, pudo ver adentro y encontró lo que hacía años creía perdido: fotos y recortes de hacía más de cincuenta años atrás, cuando los dos se habían conocido.
martes, 9 de octubre de 2012
Sonido - Parte 1
Escribía las palabras solo por su sonido. Las usaba para volar. Sonaba al volar, y volaba al sonar. Palabras. Una buena tarde decidió que las palabras eran demasiado, pesaban mucho, decían tanto...Se animó a tirarlas en un rincón, con la esperanza de que se fueran. Pero cada noche la miraban desde el rincón; la miraban a veces con ojos tristes, y otras veces con una ira contenida, como un león enjaulado esperando devorar a su captor. Las dejó estar. Las ignoró.
Pasaron días y meses y noches y lunas. Ya casi se había olvidado de ellas, pero ellas tenían memoria. El polvo y el olvido no habían logrado acallarlas. Sus sonidos vibraban dentro de ellas, buscando a alguien que se atreviese a pronunciarlos. Y las palabras se reunieron. Desde su famélico olvido juntaron fuerzas para volar una vez más, para enfrentarla. Se alinearon, se sacudieron el polvo. Algunas se desperezaron -habían dormido tanto tiempo...- y otras empezaron a tararear una canción bien suave. Ninguna fue dejada atrás.
jueves, 30 de agosto de 2012
Amanecer sobre Puente Alsina
El sol empieza a brillar, anaranjado. Va tiñendo las nubes cercanas, les regala pedacitos de luz. El colectivo avanza lento. Los pasajeros todavía adormecidos miran por la ventanilla. Algunos. Otros charlan, otros escuchan música, otros duermen. Pero algunos, nosotros, miramos. Porque el espectáculo parece preparado para nosotros. Color, color, color. Brillo de mañana. Antesala del día. Una pintura impresionista previa a un día de oficina y monotonía.
Avanzamos. Se ve la estación de tren, las vías bañadas por ese brillo anaranjado. Un perro callejero deambula por el cuadro. Algunos obreros con mochilas y vestidos de azul caminan, se acercan a la estación. Parecen ajenos al cuadro del que forman parte, abstraídos en su mundo de días largos y noches cortas. Pero el Sol no es mezquino, y los ilumina a ellos también. Como soldados brillantes del amanecer.
Poco a poco, mi parte favorita: el riachuelo. Ese punto exacto en la mitad desde el que se ven las dos orillas. Ah, el cielo en su magnitud, el sol ya no tan tímido, llenando el paisaje, reflejado en la superficie del agua. Agua naranja, agua dorada. Algunos pájaros sobrevuelan, pequeñas siluetas negras. De fondo las marcas de la industrialización, chimeneas que nunca dejan de soplar humo. En las orillas, las casas de ladrillo naranja, los nenes de guardapolvo blanco que empiezan a salir de sus casas. Montones de basura. Bolsas de plástico que ahora parecen hechas de oro.
La mañana perfecta y tranquila. Ese único momento en el que todo se une, todo está quieto y el Astro Mayor nos demuestra que la belleza depende de los ojos con los que se la mire.
Avanzamos. Se ve la estación de tren, las vías bañadas por ese brillo anaranjado. Un perro callejero deambula por el cuadro. Algunos obreros con mochilas y vestidos de azul caminan, se acercan a la estación. Parecen ajenos al cuadro del que forman parte, abstraídos en su mundo de días largos y noches cortas. Pero el Sol no es mezquino, y los ilumina a ellos también. Como soldados brillantes del amanecer.
Poco a poco, mi parte favorita: el riachuelo. Ese punto exacto en la mitad desde el que se ven las dos orillas. Ah, el cielo en su magnitud, el sol ya no tan tímido, llenando el paisaje, reflejado en la superficie del agua. Agua naranja, agua dorada. Algunos pájaros sobrevuelan, pequeñas siluetas negras. De fondo las marcas de la industrialización, chimeneas que nunca dejan de soplar humo. En las orillas, las casas de ladrillo naranja, los nenes de guardapolvo blanco que empiezan a salir de sus casas. Montones de basura. Bolsas de plástico que ahora parecen hechas de oro.
La mañana perfecta y tranquila. Ese único momento en el que todo se une, todo está quieto y el Astro Mayor nos demuestra que la belleza depende de los ojos con los que se la mire.
jueves, 28 de junio de 2012
La historia de mañana.
¿No estás cansado de vivir esperando por un mañana? En este viaje que es la vida, alguien nos hizo creer que el futuro es siempre mejor. ¿Qué futuro? Me dí cuenta de que pasé los últimos años de mi vida proyectándome hacia un futuro que nunca terminaba de llegar.
Cuando tenga un trabajo, cuando tenga un novio, cuando termine mi carrera, cuando conozca un país extranjero, cuando me case, cuando me mude de la casa de mis padres, cuando sea grande y reconocida, cuando tenga mi familia.
Y me pregunto, por sobre todas las cosas, de dónde fue que salieron esas ideas. Porque en algún punto creí que es algo que Dios me enseña, que es parte de la vida cristiana... El problema es que no pude encontrar ninguna cosa en la Biblia que me confirme esa teoría.
Jesús les dijo a sus discípulos: "No se preocupen por su vida, qué comerán; ni por su cuerpo, con qué se vestirán. La vida tiene más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa" (Lucas 12:22-23).
Es más, les agrega: "Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas." (Mateo 6:34).
Yo pienso, entonces, qué es lo que hago viviendo siempre con un pie en el futuro, nunca parada completamente en el presente.
Vivir en el futuro te inmoviliza: por tener los ojos puestos tan lejos, no podés ver lo que te rodea. No ves al que necesita una mano, no ves al que te está pidiendo ayuda, y, lo peor, tampoco ves la belleza que tenés alrededor.
Alguien nos hizo creer que lo bueno está por venir. Y es una idea muy buena cuando uno está en una situación difícil, es cierto. Pero la verdad es que si siempre estamos esperando algo, ni siquiera nos vamos a enterar cuando ese algo llegue, porque ya vamos a estar esperando otra cosa.
Todo se resume en una palabra: contentamiento. Hoy. Hoy podés ser el cambio. Hoy puedo ser felíz. Hoy.
En otra parte, Dios nos dice: "No se engañen, de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra." (Gálatas 6:7), y yo me pregunto qué voy a cosechar si en vez de dedicarme a sembrar, me siento a esperar la cosecha.
El mañana va a llegar, no te preocupes. Pero somos responsables de nuestro hoy. Cada mañana amanecemos al día que Dios nos da, y somos responsables de hacer algo con él. ¿Cuántos días pasaron por nuestra vida sin pena ni gloria, esperando algo por venir? ¿Cuántas tardes pasaste lamentándote por eso que todavía no tenías, y te perdiste de ver lo que estaba cerca tuyo?
Tengo la teoría de que Dios, que nos hizo y nos conoce bastante, tiene bien presente nuestra tendencia a vivir en el futuro, porque llenó su Palabra de promesas sobre el tema: "Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes -afirma el Señor-, planes de de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza." (Jeremías 29:11)
Nadie nos pide que nos ocupemos del mañana: de eso se encarga el que creó y diseñó todo, y lo conozco lo suficiente como para creerle cuando me dice que no tengo que preocuparme por eso. Mi responsabilidad es hoy. Este momento. Este preciso momento en el que yo escribo y vos leés.
Cuando tenga un trabajo, cuando tenga un novio, cuando termine mi carrera, cuando conozca un país extranjero, cuando me case, cuando me mude de la casa de mis padres, cuando sea grande y reconocida, cuando tenga mi familia.
Y me pregunto, por sobre todas las cosas, de dónde fue que salieron esas ideas. Porque en algún punto creí que es algo que Dios me enseña, que es parte de la vida cristiana... El problema es que no pude encontrar ninguna cosa en la Biblia que me confirme esa teoría.
Jesús les dijo a sus discípulos: "No se preocupen por su vida, qué comerán; ni por su cuerpo, con qué se vestirán. La vida tiene más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa" (Lucas 12:22-23).
Es más, les agrega: "Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas." (Mateo 6:34).
Yo pienso, entonces, qué es lo que hago viviendo siempre con un pie en el futuro, nunca parada completamente en el presente.
Vivir en el futuro te inmoviliza: por tener los ojos puestos tan lejos, no podés ver lo que te rodea. No ves al que necesita una mano, no ves al que te está pidiendo ayuda, y, lo peor, tampoco ves la belleza que tenés alrededor.
Alguien nos hizo creer que lo bueno está por venir. Y es una idea muy buena cuando uno está en una situación difícil, es cierto. Pero la verdad es que si siempre estamos esperando algo, ni siquiera nos vamos a enterar cuando ese algo llegue, porque ya vamos a estar esperando otra cosa.
Todo se resume en una palabra: contentamiento. Hoy. Hoy podés ser el cambio. Hoy puedo ser felíz. Hoy.
En otra parte, Dios nos dice: "No se engañen, de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra." (Gálatas 6:7), y yo me pregunto qué voy a cosechar si en vez de dedicarme a sembrar, me siento a esperar la cosecha.
El mañana va a llegar, no te preocupes. Pero somos responsables de nuestro hoy. Cada mañana amanecemos al día que Dios nos da, y somos responsables de hacer algo con él. ¿Cuántos días pasaron por nuestra vida sin pena ni gloria, esperando algo por venir? ¿Cuántas tardes pasaste lamentándote por eso que todavía no tenías, y te perdiste de ver lo que estaba cerca tuyo?
Tengo la teoría de que Dios, que nos hizo y nos conoce bastante, tiene bien presente nuestra tendencia a vivir en el futuro, porque llenó su Palabra de promesas sobre el tema: "Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes -afirma el Señor-, planes de de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza." (Jeremías 29:11)
Nadie nos pide que nos ocupemos del mañana: de eso se encarga el que creó y diseñó todo, y lo conozco lo suficiente como para creerle cuando me dice que no tengo que preocuparme por eso. Mi responsabilidad es hoy. Este momento. Este preciso momento en el que yo escribo y vos leés.
domingo, 13 de mayo de 2012
poema para un Salvador.
A cada minuto y a cada segundo,
que reines.
Que la dulzura de tu amor
me empalague por completo.
Que lo tengas todo, cada centímetro
de mi ser y de mi voluntad.
No me dejes quedarme incompleta,
no me dejes perdida en el camino,
no me dejes sola conmigo misma.
Que tu abrazo sea el más fuerte,
tu mano la más segura.
Que seas mi amanecer y mi tarde,
mi seriedad y mi risa.
Llenalo todo.
Acomodá este corazón fraccionado,
enseñale a amar como vos amás.
Enseñale a ser más a tu manera,
enseñale a ver, iluminado por tu luz.
A cada minuto y a cada segundo,
que reines.
jueves, 12 de abril de 2012
yo aprendo, tu aprendes, nosotros aprendemos
aprender a ser más humana.
aprender a compartir, a sentir.
aprender a expresarme,
aprender a querer.
aprender a arriesgar,
a equilibrar, a sanar.
Tanto por aprender...
aprender a compartir, a sentir.
aprender a expresarme,
aprender a querer.
aprender a arriesgar,
a equilibrar, a sanar.
Tanto por aprender...
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